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en ajustefe y trabajo12 de agosto de 2026

El trabajo como una forma de oración


Hay una forma de trabajar que se parece a orar: la que pone toda la atención en la pieza que tienes delante, sin prisa por el resultado. La fe no está solo en el templo; también está en las manos cuando hacen bien lo que les toca.

Colosenses lo dice sin adornos: todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para nadie más. No es una frase para enmarcar en la pared de la oficina. Es una forma distinta de medir el trabajo: no por quién lo ve, sino por a quién se lo estamos entregando.

Eso cambia el criterio de excelencia. No se trata de hacer lo suficiente para que nadie se queje, ni lo justo para cumplir un indicador. Se trata de entregar lo que tenemos, con la mejor versión de nuestra atención y nuestro esfuerzo, porque el destinatario final del trabajo no es el cliente ni el jefe: es Dios, y a él queremos agradarle, no impresionarlo.

Ahí está la diferencia con el perfeccionismo. El perfeccionista trabaja para que no lo señalen. Quien trabaja como para Dios trabaja para que le sonría, y esa diferencia quita la ansiedad sin quitar la exigencia. Se puede perseguir la excelencia y la eficiencia con calma, porque ya no se está tratando de ganar nada. Se está ofreciendo algo.

El relojero que abre el mecanismo con cuidado, sin prisa por el resultado, está haciendo exactamente esto: orando con las manos.